La enfermedad electrónica

Obviamente la enfermedad electrónica es la nueva patología del ser humano. Ya nadie está a salvo de esta nueva adicción a las tecnologías. Ya que prácticamente se ha tornado en un acontecimiento cotidiano el chequear el e-mail, las noticias, y otros servicios que nos acosan en nuestro mundo virtual. Para no quedar por fuera del léxico electrónico, y citando al avispado Bill Gates, podemos decir que ya estamos en «el ágora del futuro».

En cierta forma, el fundador de Microsoft, tiene razón. Como en la antigua Grecia, en la que el ágora era la plaza pública donde se encontraban los ciudadanos para realizar asambleas «populares» o comerciar, la nueva ágora virtual nos ofrece todo tipo de ocios y negocios. Desde el remate de un pelapapas, hasta las habitaciones en tiempo directo donde uno puede ser observador de lo que sucede: la pantalla se transforma en una suerte de «ventana indiscreta» de los tiempos que corren.

La enfermedad, pues, avanza sin control. Se extiende sobre todo el globo, ya que no tiene territorialidad, traspasa las fronteras, las culturas, las economías, etc. Es la enfermedad real, de nuestra vida virtual.

Establecemos vínculos con extraños mediante e-mail, chats, ICQ, abarcando todo tipo de intereses o necesidades. Esa comunicación es instantánea y privada, sin salir de nuestro propio hogar. Esta enfermedad nos lleva al rechazo del «otro» en nuestra vida cotidiana no virtual, ya que de esta forma sentimos el acosó del extraño cuando caminamos por la calle, cuando viajamos en ómnibus, y en toda interacción social. Sentimos su presencia con todos nuestros sentidos.

De tal manera, la comunicación virtual nos endulza con su aséptica y ecológica instantaneidad, y nos condena a ser portadores de una enfermedad electrónica, que rápidamente se expande sobre la sociedad global.

Autor: Sebastián

"El lenguaje es un componente como cualquier otro del cuerpo... las palabras son microorganismos, polvo vivo que sólo la revolución electrónica reúne y ordena en niveles diferenciales de sentido." William Burroughs.

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