El sindrome de la ansiedad

Hace poco tiempo me encontraba a las 11:30 de la noche en la parada del ómnibus. Salía de la facultad extenuado. Clase de epistemología. Imagínense. Obviamente, lo psicocósmico acompañaba. Hacía mucho frío. La calle Ramón Anador se encontraba completamente vacía. Huérfana. En esos momentos de desesperación y soledad -que fomentan la espera de un ómnibus a esas horas de la noche-, uno comienza a experimentar cierta introspección existencialista. Filosofamos realmente.

Es ahí cuando se manifiesta la patología de estos tiempos. La ansiedad de lo inmediato: la desesperación del 145 es similar a la espera del 104. Ómnibuses kafkeanos por excelencia, que se pierden en la burocracia de las calles ambiguas de Montevideo. Esa ansiedad nos carcome. “No se lo que quiero, pero lo quiero ya”, cantaba Luca Prodan. La ansiedad del tiempo real. La ansiedad on-line que nos hace sentirnos orgullosos. Ese estado de sentirse desarrollado, sin serlo.

Esa misma noche, me encontré con unos amigos en un boliche cerca de la Facultad de Arquitectura. Obviamente, whisky va, whisky viene, comenzamos a reflexionar sobre misceláneas cotidianas. Comentarios tan disímiles como, por ejemplo: el partido de Uruguay y Brasil en el Maracaná, lo rica que estaba la pizza con muzarella, el parcial que se venía de semiótica y otras temas que prefiero no recordar.

Y mientras conversábamos, por un momento me evadí de la discusión. Me quedé conversando conmigo mismo. Nuevamente surgió la ansiedad. Esa ansiedad inconsciente, que me hace querer adelantarme a lo que dice el otro. A que se anulen los espacios de locución. Las pausas, las risas, los fursios. Adelantarme a los pensamientos.

¿La instantaneidad del tiempo real? No lo sé. Quizá sea tiempo para que me dedique a la parapsicología.

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En respuesta a los comentarios que ha generado este artículo, para ilustrar y orientar sobre el tema, debajo incluimos algunos vídeos de YouTube. De todos modos, esta es una condición médica común en nuestros días, y no debe dejarse de consultar a los profesionales en la materia.

Cortometraje documental “la ansiedad”:

Programa de TV de Andalucía sobre la ansiedad (parte 1 de 3):

Programa de TV de Andalucía sobre la ansiedad (parte 2 de 3):

Programa de TV de Andalucía sobre la ansiedad (parte 3 de 3):

Recomendaciones para controlar la ansiedad (parte 1 de 2):

Recomendaciones para controlar la ansiedad (parte 2 de 2):

Mi guerra en silencio (documental sobre la ansiedad):

Ojos de pescado muerto

Me encuentro sentado frente a la pantalla del televisor. Mis ojos no advierten el engaño de las imágenes que se reproducen frente a ellos. Son ojos de pescado muerto. Ojos tontos y susceptibles al engaño de los tres colores básicos.

Mi mente está completamente idiotizada. No puedo pensar en nada. Simplemente me encuentro en un estado de vacío intelectual. La estupidez me ha dominado. La cultura de masas fluye delante de mis ojos. Primer plano, plano medio, primer plano, plano general, primer plano, plano detalle, plano medio.

Cerca de mi casa, en un muro, un lúcido graffity dice:
Si la televisión es la diversión, lo que será el aburrimiento!

La televisión es la droga electrónica por excelencia. Puede convertir a una persona en Dios como también le puede convertir en Demonio. Crea ideología para los consumidores sedientos de pura artificialidad. Y es uno de los principales elementos en el proceso de socialización del individuo. Da para pensar, ¿no?

Mientras tanto, yo sigo observando la pantalla del televisor… con ojos de pescado muerto.

Homo-cyber

Enrique Piracés, un chileno de 23 años, periodista del diario digital areanoticas.cl, decidió encerrarse durante ocho meses en una casa, simplemente con una conexión a Internet. La idea consiste en arreglárselas durante ese periodo de tiempo para abastecerse de comida y otros artículos de variada necesidad, sólo a través de la Red.

Su misión comenzó el 3 de mayo pasado en una casa de Santiago, vaciada a propósito. Durante los 8 meses, Enrique pretende a demostrar que se puede vivir conectado al mundo a través de Internet. “La gente me ha enviado e-mails con sus teléfonos, diciendo ‘si necesitas ayuda, llámame'”, comenta este chileno, habitante de una casa tapizada de cámaras de video y micrófonos que transmitirán on-line toda su vida en esa casa. El muchacho estudiará, opinará, encargará cigarros, mirará películas y se reunirá con amigos a través de Internet.

El proyecto costará 200 mil dólares, pero el joven no deberá gastar ni uno solo: la publicidad va a financiarlo. Los interesados pueden ver todos los rincones de la casa de Enrique en vivonline.com.

En este momento se me ocurre una pregunta: ¿Y el sexo, Enrique?

La enfermedad electrónica

Obviamente la enfermedad electrónica es la nueva patología del ser humano. Ya nadie está a salvo de esta nueva adicción a las tecnologías. Ya que prácticamente se ha tornado en un acontecimiento cotidiano el chequear el e-mail, las noticias, y otros servicios que nos acosan en nuestro mundo virtual. Para no quedar por fuera del léxico electrónico, y citando al avispado Bill Gates, podemos decir que ya estamos en “el ágora del futuro”.

En cierta forma, el fundador de Microsoft, tiene razón. Como en la antigua Grecia, en la que el ágora era la plaza pública donde se encontraban los ciudadanos para realizar asambleas “populares” o comerciar, la nueva ágora virtual nos ofrece todo tipo de ocios y negocios. Desde el remate de un pelapapas, hasta las habitaciones en tiempo directo donde uno puede ser observador de lo que sucede: la pantalla se transforma en una suerte de “ventana indiscreta” de los tiempos que corren.

La enfermedad, pues, avanza sin control. Se extiende sobre todo el globo, ya que no tiene territorialidad, traspasa las fronteras, las culturas, las economías, etc. Es la enfermedad real, de nuestra vida virtual.

Establecemos vínculos con extraños mediante e-mail, chats, ICQ, abarcando todo tipo de intereses o necesidades. Esa comunicación es instantánea y privada, sin salir de nuestro propio hogar. Esta enfermedad nos lleva al rechazo del “otro” en nuestra vida cotidiana no virtual, ya que de esta forma sentimos el acosó del extraño cuando caminamos por la calle, cuando viajamos en ómnibus, y en toda interacción social. Sentimos su presencia con todos nuestros sentidos.

De tal manera, la comunicación virtual nos endulza con su aséptica y ecológica instantaneidad, y nos condena a ser portadores de una enfermedad electrónica, que rápidamente se expande sobre la sociedad global.

El Amor en Internet (Gwinnell, Gubern, Liberman)

En general, los fenómenos comportamentales se desarrollan así: algo pasa, algo toma entonces una magnitud visible, los medios masivos de comunicación detectan ese algo y lo hacen público (lo deforman o lo esclarecen), la gente que no está directamente involucrada con ese algo empieza a mirar hacia esa zona, los especialistas comienzan a fijar su atención en ese algo (lo analizan y divulgan sus conclusiones), los medios recogen esas investigaciones y las hacen públicas.

En este caso, ese algo es las relaciones amorosas electrónicas: es decir, las relaciones que hombres y mujeres establecen mediante el correo electrónico, las páginas de chat, la mensajería instantánea, etc.

La psiquiatra estadounidense Esther Gwinnell -autora de El amor en Internet (1999)- aporta datos: señala que las relaciones sentimentales en Internet duran tres meses en promedio, y que muchas parejas llegan a estar entre seis y diez horas diarias chateando con su amante virtual.

En Estados Unidos ya se han producido varios divorcios en los que uno de los involucrados acusa al otro de ser un “adúltero virtual”, y recientemente en nuestro pequeño país una muchacha del interior contrajo matrimonio con un mexicano… y no funcionó en la vida real.

El chat es ideal para personas tímidas e inseguras, opina Román Gubern en El eros electrónico (2000). Gubern dice además que el chat “cancela, por el anonimato de la comunicación, los efectos negativos del racismo étnico y de los racismos sociales de la fealdad, de la edad y de la enfermedad”.

Tanto Gubern como el psicoanalista Arnoldo Liberman coinciden en que en una relación vía electrónica se ama a la persona imaginada, nunca a la real. Según Liberman, este fenómeno es “una denuncia más de la enorme soledad afectiva que padecemos y de las limitaciones que tenemos para luchar contra ella”. Además, dice el psicoanalista, “el chat permite realizar y perpetuar con extrema fácilidad y eficacia el deseo, tan común y frecuente, de ser otro”.