Donación de autos y recolección de chatarra a domicilio

Acabo de encontrar varios avisos publicitarios que me causaron sorpresa y mucha curiosidad. Todos involucran vehículos en desuso y, como sería de esperarse, los servicios se concentran en los Estados Unidos de América.

Uno de los avisos invita a que donemos nuestros automóviles (vehículos en general, a decir verdad) para que una organización sin fines de lucro los done a familias que, según ellos, están dispuestas a trabajar y volverse miembros autosuficientes de la sociedad que pagan sus impuestos. Otro, de una obra de caridad distinta (Joy for Our Youth, o Alegría para Nuestros Jóvenes), que promete retirar los vehículos donados sin costo y en menos de 48 horas, dice que lo obtenido por las donaciones de automóviles ayudará a que ellos provean de comida, vestimenta, educación y guía a niños de entre 6 y 18 años. Ésta, para ayudarnos en el proceso, hasta incluye en su sitio Web un “Manual para tontos sobre las donaciones de automóviles” con 14 puntos y 7 avisos de “Done AHORA”.

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Salir de la pantalla

Hoy lunes Montevideo era esa Santa María tan bien descrita por Juan Carlos Onetti. Montevideo se transformó en esa ciudad gris, tan literaria por sus imágenes y tan melancólica como el tango más arrabalero que uno pueda escuchar.

Caminar por sus calles, era como caminar por un sitio sin vida, completamente muerto, asfixiante, sin respiración. Esa era la sensación que me daba al llegar a la rambla de Pocitos. Caminar de punta a punta por la ensenada de la playa y observar la edificación de la rambla fue como descubrir la otra realidad de la ciudad. Fue verlo todo desde afuera.

Diego, un amigo que estaba conmigo, reflexionó sabiamente: “Es bueno salir de la pantalla”, y ese concepto se redimensionó en mí. Es la triste realidad del siglo XXI.

Subimos caminando por 21 de Setiembre y el futuro estaba ahí. Mc Donald’s, las multisalas del cine Casablanca de Pintos Risso, Il Mondo della Pizza, Pizza Hut, y una parafernalia de automóviles estilizados, aerodinámicos, de colores fluorescentes. El futuro estaba ante nuestros ojos.

Edificaciones transparentes e iluminadas emergiendo entre las antiguas casas. Arquitecturas semejantes a juguetes de dimensiones descomunales: piezas de Lego encastradas en la urbe. Estéticas de televisión, estéticas de cómics, estéticas de caricaturas. Por un instante me sentía Michel J. Fox visitando Hill Valley en Volver al Futuro II (info). Solamente faltaba el holograma de Tiburón VII materializándose en la digitalizada atmósfera, pero por las dudas, abrí bien los ojos al pasar por el cine Casablanca, no fuera que en esta demencia mediática, se materializara Patrick Bateman -el asesino serial de American Psycho– y quedara mirándome fijamente a los ojos, con cara de pocos amigos y de cenar un ser humano de 70Kg.

Al llegar al Parque Rodó, nos detuvimos en una panadería a comprar unos bizcochos y una Coca-Cola. A la hora de pagar, la cajera me dijo: “Mirá que ese envase es más caro. Por qué no te llevas el descartable, que sale $22.” Le repliqué que los envases descartables, después quedan tirados por cualquier lado y nadie sabe qué hacer con ellos… y que la ecología… y todo eso. La mujer se me quedó mirando como si yo fuera un fundamentalista árabe, y al fin y al cabo, tuve que terminar comprando el envase descartable, ya que de última sí era más barato. Y bueno, los ideales en estos tiempos son tan flexibles… me sentía el Hombre Elástico, pero lamentablemente no estaba acompañado por Peggy (de Ula-Ula, ni hablemos).

Llegamos al apartamento de Diego y encendimos la televisión, y en ese momento quedamos hipnotizados… Nuevamente los ojos de pescado muerto frente a la pantalla del televisor… Never Araujo presentando el show de la información: que el conflicto entre israelitas y árabes, que el robo de un cajero automático completo en Sayago, que la posible ocupación de las facultades de Ciencias Sociales, Humanidades y Odontología, y las paupérrimas actuaciones de Peñarol y Nacional. ¡Ah! Y por último, el primer premio de Mr. Mundo, para el hijo de Silvia Kliche!

Apagamos el televisor, nos miramos y reflexionamos: “Es bueno salir de la pantalla”, por lo menos por unos pocos minutos…